RELATO: La atracción de la profundidad – Patrick Süskind

Patrick Süskind

La atracción de la prfundidad - Patrick Süskind

Patrick Süskind es el creador de la obra “El perfume, historia de un asesino”

Patrick Süskind a cautivado a muchos por su estilo narrativo en la obra El Perfume una obra con características del Realismo Mágico las cuales acostumbramos ver en obras de la literatura latinoamericana de forma muy marcada, aunque para muchos lectores no asocian esta obra con esta corriente por ser un escritor europeo.

En esta oportunidad tengo el placer de presentarte un relato creado por Patrick Süskind esta historia es muy inquietante. Te invito a leerla y descubrirla

Escritor y guionista alemán creador de la obra literaria El Perfume – La historia de un asesino, Patrick Süskind, su padre era un escritor francés, su madre una vendedora de cerámica y su hermano mayor periodista.

 

Relato: La Atracción de la profundidad por Patrick Süskind

A una joven de Stuttgart que hacía bellos dibujos le dijo un crítico, sin mala intención y llevado del deseo de estimularla, con motivo de su primera exposición: «Su trabajo denota talento y expresividad, pero adolece de falta de profundidad.»

La joven se quedó sin saber qué quería decir aquel hombre y pronto olvidó la observación. Pero dos días después apareció en el periódico una reseña del crítico en la que se leía: «La joven artista posee mucho talento y sus obras, a primera vista, causan una grata impresión; pero, por desgracia, denotan poca profundidad.»

Con motivo de una exposición que se celebraba en el Museo Municipal bajo el lema «Quinientos años de dibujo europeo», la joven se inscribió en un seminario dirigido por su mentor en arte. Mientras contemplaban una lámina de Leonardo da Vinci, de pronto, ella se adelantó y preguntó: «Disculpe, ¿podría decirme si este dibujo tiene profundidad?» Él, con una amplia sonrisa, respondió: «Señorita, si quiere tomarme el pelo, tiene usted que ser más lista.» Toda la clase se rió, pero ella lloró amargamente al llegar a su casa.

La joven estaba cada vez más rara. Casi no salía de su estudio y, sin embargo, no era capaz de trabajar. Tomaba píldoras para no dormir, y no sabía para qué permanecer despierta. Cuando la vencía el cansancio, se dormía en la silla: no quería ir a la cama, por miedo a la profundidad del sueño. Empezó a beber. Dejaba la luz encendida toda la noche. Ya no dibujaba. Cuando un marchante de Berlín la llamó por teléfono para pedirle láminas, ella le gritó: «¡Déjeme en paz! ¡No tengo profundidad!» A veces, moldeaba plastilina, pero no hacía figuras concretas; sólo hundía los dedos en la masa o, a lo sumo, hacía bolitas. Empezó a descuidar el aseo personal y la limpieza de la casa.

Sus amigos estaban preocupados. Decían: «Esto es grave, es una crisis. Puede ser personal, artística o económica. En el primer caso, nada puede hacerse; en el segundo, tiene que superarla por sí misma; en el tercero, podríamos organizar una colecta, pero sería violento para ella.» De modo que se limitaban a invitarla a comer o a reuniones. Ella siempre rehusaba, diciendo que tenía que trabajar. Pero no trabajaba, y se quedaba en su cuarto, con la mirada extraviada, amasando plastilina.

Un día, aburrida de sí misma, aceptó una invitación. Un joven la encontró atractiva y quería acompañarla a su casa y acostarse con ella. Ella le dijo que no tenía inconveniente, porque el chico le gustaba, pero que debía prevenirle de que carecía de profundidad. Al oír esto, el joven desistió.

La muchacha, que tan bellos dibujos había hecho, se hundía. No salía a la calle ni recibía a sus amistades. De no moverse, engordó y, del alcohol y las píldoras, envejeció prematuramente. En su casa anidaba la mugre y su persona olía a rancio.

Heredó treinta mil marcos, de los que vivió tres años. Durante este tiempo hizo un viaje a Nápoles, no se sabe con qué motivo. Si alguien le preguntaba, recibía por respuesta un balbuceo incomprensible.

Cuando se acabó el dinero, ella rompió todos sus dibujos, subió a la torre de la televisión y saltó desde una altura de 139 metros. Aquel día soplaba un viento muy fuerte, por lo que su cuerpo no se estrelló en el asfalto al pie de la torre sino que fue transportado por encima de un campo de avena hasta el bosque y cayó entre los abetos. De todos modos, murió en el acto.

La prensa sensacionalista acogió el caso con agradecimiento. El suicidio en sí, la interesante carrera, el hecho de que la artista hubiera sido considerada una joven promesa, bonita por añadidura, eran factores de gran valor periodístico. El estado de la casa era tan catastrófico que dio tema para pintorescas fotografías: miles de botellas vacías por todas partes, destrucción, láminas desgarradas, trozos de plastilina pegados a las paredes, ¡y hasta excrementos en los rincones! Las redacciones se arriesgaron a sacar incluso un segundo editorial y un reportaje en tercera página.

En la sección de Cultura, el crítico mencionado al principio escribió un artículo en el que se lamentaba del triste final de la joven. «Una y otra vez —escribía—, es para nosotros, los que quedamos, causa de honda aflicción ver cómo una persona joven y con talento no encuentra la fuerza necesaria para afianzarse en la escena cultural. Porque para ello hace falta algo más que el patrocinio del Estado y el mecenazgo privado; lo esencial es, en el ámbito personal, la dedicación absoluta y, en el entorno artístico, una actitud estimulante y receptiva. Pero se diría que en esta personalidad ya desde el principio apuntaba el germen de este trágico final. Porque, ¿acaso no se observa ya en sus primeros trabajos, pese a su aparente ingenuidad, ese desgarro estremecedor que se traduce en una esforzada disciplina cromática con la que expresa su mensaje? ¿No se adivina ya la espiral centrípeta y lacerante de una rebelión de la criatura contra su propio yo, visceral y manifiestamente destructivo? ¿No se percibe esa fatídica y hasta diría inexorable atracción de la profundidad?»

Patrick Süskind

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